UN ÉXITO CIVIL

La recuperación ciudadana del espacio político es la buena noticia que nos ha traído, a los españoles, la convocatoria electoral europea. Un éxito civil, de la mano de pequeñas organizaciones de corta trayectoria en el tiempo, capaces de conectar con las realidades de la crisis y no mediatizadas –acogotadas– por esclerotizados aparatos internos. Nuevas organizaciones que pretenden, por fin, alinearse en el siglo cibernético en que se desarrollan y donde la democracia directa empieza a no resultar un sueño.

César Molinas argumentaba, en 2012, cómo la clase política española había desarrollado en las últimas décadas un interés particular –sostenido por un sistema de captura de rentas– que se sitúa por encima del interés general de la nación: en este sentido forman una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Son las castas a las que se refiere uno de los recién llegados. Castas y élites políticas arropadas por un aparato constitucional y legal ampliamente rebasado ya por las circunstancias sociales.

Una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI, firmada por el catedrático catalán Josep Fontana, mostraba de qué modo la actual crisis “ha servido para avanzar en el proceso de destrucción de las viejas conquistas sociales, así como en el de privatizar la política, con la finalidad de acabar privatizando el propio estado”. Roto el pacto social que originó el estado del bienestar –estado que lejos de ser una graciosa concesión de la socialdemocracia, es el resultado de más de un siglo de luchas sociales–, se inicia una nueva etapa: la que el economista Krugman denomina “la gran diversidad”: el proceso por el que se produce el enriquecimiento gradual de los más ricos y el empobrecimiento de todos los demás.

Proceso en el que estamos. Los partidos políticos de la sacrosanta transición posfranquista, en su perplejidad –fingida o no– ante lo que está pasando, necesitan de aldabonazos como los sucedidos en la noche electoral, para reaccionar y enterarse de lo que cualquier ciudadano con sentido común sabe. Y, como sabemos –por nuestra corta trayectoria parlamentaria– que los cambios de régimen en España a veces coinciden con las elecciones municipales, los partidos instalados revisan sus bagajes: PP y PSOE, tarde y mal, anuncian buenas nuevas gubernamentales, congresos, primarias…, y ¡acción!

Lo que muchos nos preguntamos es qué demonios hace Izquierda Unida. Y aún más IU-Extremadura donde cosechamos resultados de casi cuatro puntos porcentuales menos que la media estatal de la formación, con los peores resultados en ámbito autonómico de toda la organización, (solo empeorados por IU en el País Vasco que vivió una escisión hace muy poco tiempo). ¿Seguimos felicitándonos, cual avestruz? ¿Alguien va a asumir responsabilidades? ¿Van a producirse relevos? ¿También vamos a abstenernos de nosotros mismos?

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